Dice el poeta:
No hay un amor ni un cuento
que no tengan buen fin. Y si parece
que acaban mal es porque no sabemos
contar, amar hasta el final dichoso.
Lo suscribo. Contemos el cuento como es debido, con alegría por lo que fue.
jueves, 10 de enero de 2008
Sigue ahí
El consuelo más eficaz en estos momentos es saber que va a seguir ahí, que alguien tan especial como él no se ha esfumado dejándome con la palabra en la boca. Podemos hablar mañana, pasado, dentro de un mes, dentro de un año... Y me contará qué fue. Y redefiniré mis sentimientos sobre la base de que sigue existiendo en este mundo. Esa es una oportunidad que pocos aprecian. Sólo cuando la muerte te ha arrebatado repentinamente a tu ser amado te das cuenta de que el abandono voluntario no es el peor de los finales para una relación. Por eso, estoy feliz. Por saber que alguien tan único, noble y lleno de bondades va a seguir campando por la tierra de los vivos, unido a mí de una manera u otra.
Te quiero.
Postsentimiento
Hace tan solo unas horas, mi amor me ha dejado. Quizás nos estábamos dejando ya desde hace tiempo, pero uno no acaba de creérselo, ni de darle credibilidad a los malos augurios del alma, porque si no no podría seguir viviendo y amando. Pero aun manteniéndose en la consciente ignorancia, lo inexorable se produce. Todo acaba.
Sin embargo, pese a la tristeza que ese hecho me hace sufrir, ese determinismo pesimista me ayuda a levantar el ánimo, porque sé que con la misma certeza con la que los vínculos de amor se diluyen con el tiempo, otros se crean, y otras puertas vitales se abren. Porque siempre que elegimos un camino abandonamos otros, que quedan ahí disponibles para cuando decidamos o nos obliguen a cambiar el rumbo.
El destino en el que pensaba se acaba de truncar. Habrá que pensar en otro. Eso es lo que haré cuando se me vaya este encogimiento de estómago, este nerviosismo incontrolable que, pese a mi aparente entereza, me impide dormir o leer en la cama.
Presiento que mañana lloraré.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)