martes, 29 de abril de 2008

Velas

El 11 de abril estaba en Praga, con mi gran amigo Carlos, paseando por el centro histórico. Allí le dije que ese día se cumplían 11 años del día en que me presentó a Pedro, el amor de mi vida hasta este momento. Si siguiera vivo, muy posiblemente estaríamos juntos. Cada vez estoy más convencido de ello: por lo que crecimos juntos, por lo que teníamos en común, y a pesar de lo que no compartíamos. Porque en general lo compartíamos todo. Porque aprendíamos constantemente el uno del otro. Porque tras 6 años de amor nos seguíamos queriendo: nos queríamos más y nos alimentábamos sin cesar. Seguro que habríamos pasado épocas separados físicamente, o incluso tal vez emocionalmente, quién sabe. Pero lo nuestro era muy firme. No estábamos hechos el uno para el otro, pero sí nos hicimos el uno al otro hasta encajar del todo. Sin dudar lo digo.


Pero murió.


Hoy he pensado que hace años que no hablo con él. Despúes de muerto, seguí dirigiéndome a él como si estuviese aquí, o como si yo creyese en el Cielo o los espíritus. No creía en todo eso, ni siquiera entonces, pero me ayudaba mucho decirle lo que pensaba y sentía sobre él. Supongo que digerí todo mejor gracias a esta terapia autoimpuesta. Es una pena que ya no le tenga, ni tan solo de esa manera etérea, para darme fuerzas. Pero entiendo que es así porque ya consigo impulsarme con otros apoyos, más terrenales, más reales. Su espíritu ya no me acompaña para escucharme. Ha sido un segundo adiós.


Pero no le he olvidado, y nunca podré ni querré hacerlo.


Ayer hizo 5 años que murió. Pero no se lo dije a nadie. Prefiero conmemorar su vida. Por eso pongo una vela en su cumpleaños, el 4 de septiembre. Siempre me gustó esa ceremonia litúrgica. No es necesario tener creencias religiosas: encender una vela y concentrarte en alguien es hermoso y da paz. Ahora creo que en Praga deberíamos haber puesto, Carlos y yo, una vela en aquella iglesia a la que entramos. Carlos, me imagino a ti y a mí juntos colocando la vela encendida en su lugar, junto a muchas otras, y abrazándonos con una mezcla de alegría y melancolía. La melancolía sería inevitable. Pero al pensar en Pedro también es inevitable la alegría. Haber conocido a un ser tan divertido, único y maravilloso es motivo de satisfacción.
Pedro en Praga. ¿Te lo imaginas? Yo le veo claramente, admirando con los ojos abiertos, como de niño, cada una de las piedras y los detalles de la ciudad. Y le oigo contándome todo lo que sabría sobre historia, geografía y arte de Chequia. Sí, parece que le oigo, con ese tono profundo y serio que a ti, Carlos, te hacía reír y que a mí me hacía sonreír y me emocionaba hasta que, en ocasiones, sentía que mi estómago se elevaba y me llevaba casi a volar, inflado de orgullo y poesía.


Este post es para mí esa vela. Pedro, te vuelvo a hablar: esto es por ti, porque te quiero.

No hay comentarios: